Siempre he pensado que los hijos únicos se pierden de mucho al no tener hermanos. Por lo general, crecer con ellos es una gran experiencia, sobre todo si eres la menor. Yo tengo dos hermanos cuates, seis años mayores que yo. Cuando era niña, mi relación con ellos no era la mejor; jugaba sola a menudo. Con el tiempo, poco a poco, mi relación con ellos y con mi familia fue mejorando.
Desde niña he estado rodeada de música. Todos los integrantes de mi familia son músicos, y durante toda mi vida he escuchado la típica pregunta: “¿Y tú qué tocas?”. A veces contesto “puertas”, si es que estoy de humor. Y está bien. Tengo otros intereses, aunque a muchas personas eso no les parezca suficiente.
Mi mamá es cantante y mi papá la acompaña. Mis hermanos tocan el arpa, un instrumento muy difícil de transportar —díganmelo a mí, que siempre tuve que sacrificar mi comodidad para que el arpa cupiera en el carro—. Ney y Noya, los apodos de mis hermanos, tocan el arpa desde los diez años. Recuerdo que al principio mi mamá los forzó a tomar clases, pero con el tiempo le tomaron gusto. Durante años escuché a mi mamá decirle a mi hermana que el arpa era lo que la iba a ayudar a salir adelante.
Desde que recuerdo, a Noya siempre le han gustado las películas, la música y la cultura árabe. Algo curioso, como lo que le sucede a muchos otakus, pero con lo árabe. Siempre la escuché oír cantantes árabes, e incluso aprendió a bailar danza árabe para sus quince años.
Un día me hizo una pregunta: —Dino, ¿conoces un país llamado Bahréin? —No, no lo topo —le respondí.
Hoy, escribiendo esto desde aquí pienso en todo lo que tuvo que cambiar para que yo estuviera aquí.
Ella me contó que le había surgido una oportunidad de trabajo. Buscaban a una mujer que tocara el arpa y tuviera un buen nivel de inglés. Recuerdo que al principio, por una razón u otra, tardó mucho en responder y perdió la oportunidad. Pero como dicen, cuando algo es para ti, ni aunque te escondas. La misma oportunidad volvió a tocar a su puerta, y esta vez dijo que sí.
Tenía miedo. En realidad quería decir que no. Dejar tu vida es literalmente eso: dejarla. Pero tampoco quería ser “la morra que desaprovechó una oportunidad así”, la que luego todos dirían “qué tonta que no fue”. Decidió irse, al menos por un año.
Para mi familia fue algo muy surreal. Para mi mamá y para mí fue especialmente difícil. Claro que estaba feliz por ella, pero triste por mí. Me dolía saber que iba a estar tan lejos, cuando nunca nos habíamos separado tanto. Siempre, al menos, habíamos estado en el mismo país. Detrás de cada gran oportunidad, siempre se esconde un gran sacrificio.
Vinieron los análisis médicos, conseguir la ropa que sería su vestuario, y los días pasaron. De pronto, estábamos en el aeropuerto de la Ciudad de México, dejando ir a mi hermana.
—Dino, no me quiero ir —me dijo. —Ya no tienes opción —le respondí. Mi papá le dijo: —Diste tu palabra y ahora la vas a cumplir.
Esas palabras resuenan mucho en mi mente últimamente.
Recuerdo que ella traía una blusa de manga corta. Le di la sudadera que yo llevaba puesta. Y se fue.
"Y a su barco le llamó libertad"...
Cuando regresé a casa, noté su ausencia. Su perrito también. Aprendí entonces que la frase “si amas a alguien, déjalo ir” no siempre significa que esa persona dejará de estar en tu vida, sino que a veces tiene que vivir etapas lejos de ti. Eso no quiere decir que no vuelvan a encontrarse.
Nunca he sido buena con las despedidas. Tengo varios duelos pendientes. Pero el día que la dejé en el aeropuerto no lloré.
Lo que no sabía entonces era que esa despedida también era el inicio de mi propio viaje.
Regresé a Durango triste por su ausencia, aunque poco a poco encontré la forma de seguir hablando con ella. Me fui acostumbrando a sus horarios, y ella seguía siendo parte activa de mi vida.
Esta experiencia me dejó algo muy claro: la distancia no rompe vínculos; la falta de disposición, sí.
Para ese momento, ir a visitarla era solo una ilusión. Por muchas razones, era muy complicado. No sé si quien esté leyendo esto crea o no en Dios, pero yo le pedí poder verla pronto. Y me escuchó. Algunos dirán que lo manifesté; cada quien elige la palabra que mejor le funcione. El punto es que funcionó.
Mi rutina era despertar y marcarle. Veíamos videos, escuchábamos música. Incluso llegó el día en que le presenté a mi novio. Y un día, todas esas ilusiones de verla pronto se transformaron en una posibilidad.