Hay algo en tu escritura, Concha, que no logré explicarme del todo cuando te leí por primera vez. Tomas aquello que, al inicio, parecía condenado al silencio y lo conviertes en palabra sin que pierda su extrañeza: una inquietud, un desvelo. En tus versos ocurre algo que me resulta profundamente inquietante: lo que era tuyo deja de serlo por completo. Pasa a otros, se instala en ellos de maneras que no puedes prever, adopta sentidos que, en un inicio, no te pertenecen. Una emoción, al ser dicha, se vuelve múltiple, ligeramente ajena, a veces incluso irreconocible. Y, sin embargo, es inevitable.
Lo que sentimos casi nunca llega intacto a los otros; se deforma, se desplaza, se adapta a otras vidas, pero no por eso se pierde. Tal vez, en esa orilla tranquila —en esa forma de existir fuera de uno mismo— es donde encuentra su permanencia.
No sé exactamente cuándo comenzó, pero sí puedo reconocer el momento en que dejó de ser seguro: cuando ocupó espacios que antes solo me pertenecían a mí, cuando mis silencios se volvieron más densos. Pienso en ti, Concha, cuando intento entenderlo.
Suspiro por el fuego que secreta-
mente consume mi alma,
por la sutil presencia que el hondo abismo de mi ser alcanza,
sin que la fuerza del cielo ni la tierra pudiesen disiparla”
(Nostalgia de lo presente, 1941).
Pienso en tu forma de sostener lo que arde sin resistirte al fuego, porque tus palabras son eso: un incendio del que no estabas segura de poder salir. Esa tensión constante entre la entrega y la renuncia que atraviesa tus poemas como una corriente subterránea. Me pregunto si también reconociste ese instante en que algo dejó de ser leve y empezó a abrirse paso. He querido nombrarlo de otras formas, reducirlo a un pensamiento pasajero, a una inclinación cualquiera que aparece y desaparece con el tiempo. Me he repetido, con disciplina, que no hay motivo para dejarlo crecer, que es mejor observarlo desde cierta distancia.
Pero no obedece. Tiene una forma particular de quedarse dentro de mí, de infiltrarse en lo cotidiano, de aparecer en los momentos menos oportunos. No es estridente ni evidente; su fuerza está en lo que apenas alcanzo a percibir, en aquello que podría negar si me esfuerzo lo suficiente. Y, sin embargo, sigue ahí. Como una presencia que no termina de revelarse, pero que tampoco desaparece.
He pensado mucho en el riesgo que implica dejarlo avanzar, en permitir que mis versos se vuelvan realidad. No en términos dramáticos, sino en esos desplazamientos cuidadosos que alteran el orden de las cosas —de mis cosas—. Porque hay sensaciones que, una vez reconocidas, cambian la manera en que uno habita el mundo. Modifican la mirada, la atención, incluso la forma en que el tiempo transcurre.
Hay momentos en que las palabras me surgen con facilidad. A veces no parecen del todo propias: llegan ya formadas, con una claridad que me asusta. Pienso en ti, Concha, en esa forma tan tuya de dejar que lo más hondo se vuelva verso sin alterarlo, sin forzarlo. Basta una línea para que otros se detengan, como si hubieran sido tocados por una especie de consuelo. Y lo admito: a veces me pregunto si alguien tomará mis palabras de esa forma, si alguien será tocado por lo que soy.
A veces imagino lo que ocurriría si cerrara cualquier posibilidad antes de que adquiera forma. Sería, en apariencia, lo más sensato: conservar lo que ya existe, mantener el equilibrio que tanto me ha costado construir. Podría hacerlo. No sería la primera vez. Con los años, uno aprende a contenerse, a administrar lo que siente, incluso lo que escribe. Aprende a no permitir que ciertas cosas atraviesen los límites que ha construido para protegerse —o proteger a otros—. Y, pese a eso, me descubro escribiendo siempre sobre lo mismo: una especie de vacío que nace de las posibilidades no exploradas.
Pero hay algo que apenas se percibe al inicio y que, con el tiempo, se vuelve evidente: una huella que va y viene. Aparece en momentos inesperados, en gestos que no sabemos interpretar, en memorias que no sabemos si vamos a conservar. Y en esa forma fragmentaria hay algo que inquieta, porque no permite cierre. No ofrece un final claro ni una desaparición completa. Permanece en estado suspendido. Uno puede seguir con lo cotidiano, incluso convencerse de que ha dejado de tener importancia. Pero basta un instante para que regrese con la misma intensidad, intacta, sin desgaste.
Tus versos se quedaron en mí como afirmaciones que sobrevuelan, persistentes. Y entonces comprendo cómo ciertas presencias, palabras y momentos terminan por instalarse en nuestro mundo sin posibilidad de retorno. Se vuelven imposibles de ignorar, porque hay intensidades que no buscan extinguirse, que continúan avanzando hacia algo más profundo, aun cuando uno intente reducirlas.
Tal vez lo más inquietante no sea su permanencia, sino lo que exige. En ese momento uno comprende —no con alivio, pero sí con mayor claridad— que hay cosas que no se atraviesan para salir ileso, sino para dejar de permanecer en la orilla. Que el riesgo es inevitable. Que quizá lo más difícil no es aceptar lo evidente, sino reconocer que hay cosas que no dependen de nuestra voluntad para existir o desaparecer.
Hay intensidades que, una vez que se han instalado, atraviesan el tiempo sin pedir permiso, sin someterse al desgaste ni a la lógica de lo transitorio. Ya no se trata de elegir sin miedo, se trata de elegir aun sabiendo que no hay resguardo posible. Es ahí donde todo adquiere su verdadera dimensión. Donde uno comprende que evitar también es una forma de perder, incluso cuando todo ha sido dicho en silencio o en versos que apenas se sostienen en la soledad y lo único que queda es esa presencia que no desaparece.
Querida Concha, querido lector:
¿Qué pesa más: arriesgarse a que todo cambie, o vivir con la certeza de no haber sabido hasta dónde podías llegar?
Tu poesía me dio la valentía de aceptar que mis versos pueden ser conversación, que mi realidad, mi forma de sentir —y hasta los versos que escondo— pueden ser consuelo.
Con cariño,
Orillas del pensamiento.