Querido tiempo:
Te escribo desde este borde extraño que aún no sé cómo nombrar, pero me encuentro últimamente. No sé bien qué me llevó aquí; tal vez el cansancio, una intuición apenas perceptible o una preocupación acumulada de años atrás. El caso es que ahora estoy en ese umbral, si es que puedo decirle así. En esa zona de incertidumbre donde siento que ya no encajo en mi pasado, pero todavía no alcanzo el futuro que deseo. Se siente como un pasillo después de cerrar una puerta y antes de abrir la siguiente, sin saber qué es lo que te vas a encontrar.
Tiempo, tú lo sabes más que nadie, te he juzgado creyendo que eras algún tipo de verdugo. Que medirías mis pasos, mis logros y mis ausencias. Que con la crueldad que todos dicen que tienes, marcarías la distancia entre lo que quise ser y lo que apenas he logrado. Pero ahora que te escribo, desde esta posición donde la vida se afloja un poquito más y me obliga a sentir todo, descubrí que tal vez nunca fuiste mi enemigo. Tal vez solo fui yo quien se corrió demasiado rápido, intentando atraparte sin preguntar por qué tenía tanta prisa.
El tiempo a veces se convierte en una sombra que nos aprieta el pecho, una ansiedad que va en silencio y nos repite “ya vas tarde”, “ya deberías haber hecho más” “¿por qué no amaste?” “¿Por qué no has logrado más”? Nos paraliza, nos encierra en la sensación de que cada decisión es una carrera contra reloj que nunca se detiene. Pero algo cambia cuando dejamos de tenerle miedo. Cuando, aun con las manos temblando, nos arriesgamos a avanzar sin pedirle permiso. Entonces descubrimos que el tiempo no es un verdugo, sino un acompañante torpe que a veces empuja y otras nos hace esperar. Arriesgarse, a amar, a empezar, a intentar, no elimina el miedo, pero lo vuelve pequeño. Y en ese gesto de valentía, el tiempo deja de ser amenaza y se convierte en un espacio, un lugar donde lo posible puede por fin respirar.
Hoy te escribo para decirte algo que me costaba admitir y que no puedo guardar: quedarme con las ganas por miedo a lo que venga es algo que no estoy dispuesta a permitir. No quiero que la presión de tu paso me haga renunciar al amor que todavía no he vivido, a la versión de mí que no conozco, a los sueños que estoy imaginando y logrado a la vez. No quiero mirar atrás un día, desde alguna orilla desconocida, y sentir que te dejé decidir por mí a quién amar, qué intentar, cuánto arriesgar o cuándo detenerme.
Quiero vivir el amor sin miedo al calendario. Quiero construir mi oficio sin sentir que llego tarde. Quiero cultivar mis amistades con calma, porque sé que los vínculos no se miden en horas respondidas, sino en la profundidad de lo compartido, incluso en la distancia. Porque he entendido algo que parece obvio, pero no lo es: no quiero que la forma en la que avanzas, me asuste al punto de dejar a medias lo que me importa. No quiero abandonar la idea de que no me alcanza la vida para lo que me importa. Cerrar puertas solo porque creo, equivocadamente, que ya debí de haberlas abierto hace mucho.
Y te lo digo sin drama: estoy cansada de vivir con prisa. De sentir que, si amo “tarde”, si me equivoco “tarde”, si empiezo “tarde”, entonces ya no vale. Estoy cansada de medir mis afectos con tu sombra, mis sueños con tu regla y mi vulnerabilidad con tu reloj. Quiero creer, de verdad creer, que nada de lo que es mío se me va que, escapar por no haber llegado “a tiempo”. Que el amor puede aparecer cuando menos me lo imagino. Que las amistades se sostienen incluso cuando los días se complican. Que mi profesión florece justo en el momento en que me atrevo a elegirla de nuevo.
Déjame confesarte algo: durante años te culpé por todo. Por la prisa, por las urgencias, por la presión de ser suficiente. Pero hoy sé que no eres tú quien corre, soy yo. Eres tú quien me recuerda, que tengo permiso para detenerme. Que no todo debe resolverse ahora. Que incluso el dolor necesita su propio ritmo.
A ti, que lees esta carta conmigo, hay algo que apenas estoy aprendiendo a creer y espero que tú también: no estás tarde. Aunque haya días en los que sientas que todas las versiones posibles de ti ya pasaron, que alguien más llegó antes, que ya no vas a poder hacer lo que deseas…no estás tarde. El tiempo no funciona así. No es un reloj que te persigue, es un espacio que se mueve contigo.
Aunque a veces parezca que el tiempo nos pasa por encima, como una ola que se arrastra, no podemos rendirnos. Hay días en que todo se siente tarde, en que el corazón pesa más que la voluntad, pero incluso entonces, vale la pena sostenerse. Ser fuertes no siempre significa avanzar rápido; a veces es simplemente resistir sin rompernos y permanecer un poco más en el intento. La paciencia no es resignación, es confianza en que las semillas que plantamos, aunque demoren en crecer, encontraran su momento para abrirse. El tiempo puede ser duro, pero nunca definitivo; y quienes se mantienen, quienes cuidan su deseo y su esperanza incluso en días turbios, acaban siendo recompensadas. Porque nada que se construye con verdad se pierde. Y nada que es para uno llega antes o después. Llega cuando estamos tú listos para recibirlo.
Y es curioso, porque empiezo a notar que lo que llamaba “pausa” es, en realidad, una forma profunda de moverme. Como si la quietud fuera un lugar donde el alma hace su trabajo más serio. Estoy empezando a entender que detenerme también es avanzar, que mirar hacia adentro también es caminar, que si respiro hondo puedo elegir un rumbo.
Querido tiempo, quiero pedirte algo que no me he atrevido a decir en voz alta: sé amable conmigo. Sé flexible. Sé paciente cuando me aferre a lo que ya no soy. Sé compasivo cuando me cueste soltar. Enséñame a habitar los días sin exigirles que me entreguen todas las respuestas. Enséñame a descubrir que hay belleza en no saber, en no tener un mapa completo, en avanzar por intuición. Y si alguna vez me ves atrapada en ese intento desesperado por alcanzarte, recuérdame esto que ahora escribo: que lo importante no es llegar rápido, sino llegar viva, entera, atenta a lo que me pertenece y a lo que puedo construir.
Y a ti, que me estas leyendo, si estas atravesando un momento parecido, no estás sola. Hay muchas personas sosteniendo silencios, desarmando viejas costumbres y culpas; rehaciéndose en sombras que nadie puede ver. Hay personas, como tú y yo, que estamos en la orilla, en la frontera, en el casi. Y no es un mal lugar. Es, de hecho, un lugar muy honesto.
Porque aquí, en el umbral, es donde podemos hablarle al tiempo sin miedo. Donde dejamos de pedirle milagros y empezamos a colaborar con él, a ser equipo. Donde descubrimos que la vida no se acelera, se cultiva. Donde dejamos de correr y empezamos a escuchar lo que cambia.
Tiempo, gracias por esperarme.
Y tú, gracias por leerme.
Nos encontraremos los tres en la otra orilla. O mejor, la construiremos mientras avanzamos.
Con cariño, Orillas del pensamiento.