Cuando México participó en la Exposición Universal de París de 1889, una exposición que buscaba juntar a las naciones en un mismo espacio para convivir y mostrar lo mejor de sí, envió alrededor de noventa pinturas como parte de su repertorio. En el catálogo de obra aparece en dos ocasiones el nombre de una mujer: Eulalia Lucio, quien además fue premiada un par de años después por el ya anciano presidente Porfirio Díaz por sus servicios en exaltar la imagen de México en el extranjero.
Aunque en la historia del arte de México el nombre de artistas masculinos se ha privilegiado de manera constante en diferentes estilos y periodos, la presencia de Eulalia en el catálogo demuestra que también existieron mujeres que marcaron un camino para que otras artistas pudieran crear y exhibir su obra en un campo dominado por hombres. Si bien nombres como Lourdes Grobet, Remedios Varo o María Izquierdo representan esta lucha en el siglo XX, antes hubo otras mujeres que pintaron y exhibieron en los Salones tanto nacionales como internacionales: Josefa y Juliana San Román, Guadalupe Carpio, Guadalupe Moncada y Berrio, Julia Escalante, Eloísa Acosta, Pilar de la Hidalga, Carlota Camacho, entre otras.
Tal como ha estudiado Angélica Velázquez, las mujeres en México lograron exponer sus obras desde las primeras exposiciones anuales de la Academia de San Carlos como artistas aficionadas, aunque sin recibir el reconocimiento propio de los artistas de la Academia. Posteriormente, muy avanzado el siglo XIX, las mujeres pudieron exponer como artistas formadas en la Academia.[1] Sus obras constituyen testimonios de reflexión sobre su propio género, de la construcción de una identidad como artistas y de su aportación al repertorio de imágenes que fueron construyendo la identidad nacional.
De entre todas las artistas mexicanas, la obra de Eulalia Lucio es de las más fascinantes que se conservan actualmente. Sus naturalezas muertas aparentan sencillez e inocencia. Sin embargo, tras una mirada minuciosa, uno se percata rápidamente de que detrás de estas pinturas se encuentra uno de los trabajos más profundos y complejos que puede ofrecer el arte mexicano del siglo XIX.
La artista creció en un ambiente familiar singular. Hija del renombrado coleccionista mexicano Rafael Lucio, tuvo acceso desde muy joven a un significativo número de obras de arte que nutrieron su repertorio visual.[2] No obstante, fue su madre, Isidora Ortega, quien le brindó a Eulalia una educación excepcional. Isidora hablaba fluido francés, italiano e inglés, y procuró para su hija clases de piano y de pintura. Además, poseía un ojo experto para el arte que le permitía juzgar la calidad de una obra, negociar su precio y contribuir a la formación de la colección familiar. El matrimonio de sus padres se consideraba raro para la época, pues existía una relación marcada por cierta horizontalidad compartiendo una unión especial y complicidad.[3]
En 1884 Eulalia presentó a la Academia de San Carlos, en ese momento Escuela Nacional de Bellas Artes, la obra titulada Cuadro con objetos para bordar. Se trata de una pintura en formato vertical que muestra una mesa en un pequeño rincón hogareño. Los protagonistas de la pintura no son otra cosa que objetos cotidianos asociados al ambiente doméstico femenino: un ramo de flores que eleva la vista del espectador y la deja caer sobre una servilleta bordada cuyos flecos caen de la mesa. Junto a la tela, la artista colocó una pequeña caja de materiales de bordado que, gracias al ingenioso recurso del espejo en la tapa abierta, nos lleva a ver la parte que no vemos de la cesta de mimbre con hilos, estambres y demás utensilios de costura.
La obra está hecha con un detalle quirúrgico. Las texturas de los materiales se recrearon de una forma meticulosa, como si existiera una relación entre el trabajo del bordado y de la pintura. Sin embargo, lo que más llama la atención es la presencia misma de los objetos. Como ha señalado Angélica Velázquez, los objetos que dejan poco espacio al espectador generan una sensación de encierro que se acentúa por la mesa que apenas puede contenerlos. No parece desatinado plantear que la pintora haya cuestionado las prácticas femeninas, como el bordado, que son realizadas en ambientes domésticos cerrados y reducidos, los cuales parecen no tener cabida suficiente en el espacio doméstico familiar.[4]
Si el cuadro puede leerse como una exploración sobre el pequeño lugar de los espacios femeninos en el ambiente hogareño, su siguiente obra Naturaleza muerta (objetos de caza) es una exploración aún más profunda de dichas ideas. En ella, la artista nos muestra el interior de una casa decorada con un cortinaje de encaje y un papel tapiz de flores que cubre las paredes del salón. Sin embargo, los protagonistas son ahora una serie de objetos que irrumpen de forma abrupta en el espacio doméstico: una botella de licor, una cantimplora, un sombrero, un cinturón, un cuchillo y una escopeta que se apoya en la mesa.
Los elementos de caza irrumpen en el ambiente doméstico, que solo sobrevive gracias al tímido cortinaje que aún se puede apreciar en el extremo izquierdo de la obra.[5] La composición parece sugerir así la irrupción del mundo masculino en el espacio femenino y la confrontación entre dos esferas domésticas que se encuentran y se tensionan dentro de un mismo espacio: las actividades al aire libre asociadas al mundo masculino, y las actividades domésticas interiores del mundo femenino.[6]
La obra de Eulalia Lucio no pasó desapercibida. En 1893, Carlota Camacho, estudiante de la Academia de San Carlos, pintó un autorretrato que muestra cómo se apropió de los símbolos pintados por Eulalia para cuestionar las nociones de lo masculino y lo femenino.[7] En la pintura, Carlota se presenta de frente, mirando fijamente al espectador, portando el sombrero y agarrando firmemente la escopeta que Eulalia había representado años antes. Con ese gesto, la artista retomaba el camino que Eulalia había abierto y lo hacía suyo.
[1] Angélica Velázquez, Ángeles del hogar y musas callejeras: representaciones femeninas en la pintura del siglo XIX en México (Ciudad de México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2018), 14.
[2] Angélica Velázquez, “Eulalia Lucio y Carlota Camacho, tradición artística femenina”, en De la modernidad ilustrada a la ilustración modernista: homenaje a Fausto Ramírez, coord. Jaime Cuadriello, Angélica Velázquez y María José Esparza Liberal (Ciudad de México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2021), 353.
[3] Velázquez, “Eulalia Lucio y Carlota Camacho”, 354.
[4] Velázquez, Ángeles del hogar y musas callejeras,117.
[5] Velázquez, “Eulalia Lucio y Carlota Camacho”, 359.
[6] Angélica Velázquez, “Eulalia Lucio”, en La colección de pintura del Banco Nacional de México: catálogo, siglo XIX (Ciudad de México: Fomento Cultural Banamex, 2004), 410.
[7] Velázquez, “Eulalia Lucio y Carlota Camacho”, 366.