Te vi desde lejos, sosteniendo un ramo de flores, con la emoción y los nervios de quien se lanza por primera vez a lo desconocido. Ese miedo tan propio del amor moderno: rápido, intermitente, emocionante, ansioso. Un miedo que no siempre nace del rechazo, sino de la incertidumbre constante en la que vivimos, como si cada emoción tuviera fecha de caducidad.
Mientras te observaba con esas flores entre las manos, me vino a la mente ese verso devastador de Idea Vilariño, ese donde confiesa que nunca llegará a saber qué fue lo que realmente ocurrió entre dos personas que se quisieron y perdieron. Esa duda que supura: no saber qué fue del otro, ni quién fue uno para él, ni cómo habría sido la vida si el amor hubiese tenido un poco más de coraje, o un poco menos de miedo (Vilariño, 1958).
Pensé en ti, en tu gesto detenido en la calle, y me pregunté cuántas historias como esa se repiten hoy: amores que se quedan suspendidos en un “quizá”, relaciones que nunca llegar a ser, palabras que no se dijeron por temor a perder algo que, tal vez, nunca existió o pudo existir. Y entendí que tu nervio lleva también ese peso, el de las posibilidades que no se cumplen, las expectativas o los caminos que no se toman. El de ese “estar” que Vilariño nombra como un milagro simple y enorme, pero que tan pocas veces se logra en estos tiempos.
Vivimos en tiempos extraños ¿verdad? Tiempos en los que querer parece un riesgo demasiado grande y, aun así, lo seguimos intentando. A veces siento que el amor actual vive bajo una luz fría, rápida e intermitente. Pensé entonces en cómo el amor ha cambiado. Neruda se deshacía escribiendo “me gusta cuando callas porque estas como ausente” (Neruda, Poema XV), creyendo que en silencio podía verse la entrega. Idea Vilariño, con su voz casi quebrada, podía decir “ya no será, ya no…pero te quiero” (Vilariño, Ya no, 1958). Benedetti hablaba del amor como una trinchera y un abrazo. Pizarnik hacía del deseo un cuchillo hermoso. Y Rilke pedía amar como quien cultiva un jardín interior, lento y profundo.
En esa época, si es que se puede llamar así, aunque siga aquí, el amor se construía en la palabra. En lo que se decía a pesar de que doliera. En gestos que no necesitaban de explicaciones o descifrar. En la entrega imperfecta, sí, pero completa. En la confianza de que podías poner el corazón sobre la mesa sin que se te deshiciera entre los dedos.
Hoy en cambio, amar parece un ejercicio más torpe. Como decía Pedro Salinas:
Y si una duda te hace
Señas a diez mil kilómetros,
Lo dejas todo, te arrojas
Sobre proas, sobre alas,
Estás ya allí; con los besos,
Con los dientes la desgarras:
Ya no es duda.
Tu nunca puedes dudar
Nos acostumbramos a desear a medias, a responder con cautela, a querer sin mostrarlo, a fingir que nada nos hiere. A veces parece que vivimos un amor hecho de interrupciones, donde un simple “visto” puede convertirse en un poema trágico. Por eso tu imagen me golpeó con ternura. Ese ramo en tus manos no solo era un regalo, era un poema de Benedetti; un verso de Vilariño suspendido en el aire; una carta que llegó en el momento justo; un intento, y eso ya te coloca en un sitio que muchos temen habitar.
El amor moderno tiene su propia violencia, una suave y casi imperceptible: la incertidumbre. Ese no saber si sentirse querido, si insistir, si esperar, si soltar. No saber si el otro siente igual o solo está matando el tiempo. Y en medio de esa confusión, los gestos sinceros, como el tuyo, un ramo de flores entre las manos parece un acto heroico, fuera de lugar, casi anacrónico.
Verte a ti, nervioso y deseoso de llegar a tu destino me hizo pensar en lo que anhelo. En lo desbordantes que son los poemas de Pizarnik y que, en el fondo, así quiero sentirme. Un amor que no tema de su propia intensidad; un amor que no sea tibio ni calculado, sino ese latido inminente que empuja hacia lo vivo, que tiembla, que transforma. Quiero un amor que me mire como si descubriera el mundo “y yo caminaría por todos los desiertos de este mundo y aún muerta te seguiría buscando, a ti, que fuiste el lugar del amor” (de Extracción de la piedra de locura, 1968). Un amor que arda sin destruir, que toque sin invadir.
Pienso en el amor que te callas como una casa donde no se encienden las luces; se vive, pero a oscuras. Tienes un mundo dentro de ti, pero lo has aprendido a guardar bajo llave, esperando a que nadie lo rompa o lo destruya. Y, aun así, sigues ahí, sintiendo en silencio, pero lleno de ruido que espera salir. Como pizarnik dijo: “¿Qué estoy diciendo? Está oscuro y quiero entrar. No sé qué más decir (yo no quiero decir, yo quiero entrar.) El dolor en los huesos, el lenguaje roto a paladas, poco a poco reconstruir el diagrama de la realidad” (Pizarnik, Antología poética, 2010). Puede que a veces te descubras hablando sin saber qué decir, como si las palabras no fueran tuyas y hubiera un tipo de impostor dentro de ti, torpe y sin dirección. Hay un lugar oscuro dentro de ti y de mi al que tememos entrar, no para escondernos, sino porque allí las cosas parecen tener un orden secreto que afuera no encontramos.
Hoy amar, parece más un ejercicio de equilibrio sobre un hilo invisible. Nos acostumbramos a amar de lejos, a responder sin mirar, a dejar que el miedo tome la palabra antes que la emoción. Aprendimos a disfrazar la vulnerabilidad porque “es demasiado peligroso”, como si sentir demasiado fuera un error de cálculo.
Quiero decirte algo: ¡que valiente eres al decidir amar! No es ridículo llegar con flores en un mundo donde las emociones se esconden como si fuera algo ilegal. Esta carta también es para quienes atraviesan un duelo, para quienes guardan mensajes que nunca se enviaron, para quienes han amado con las manos temblando. Y también para quienes no desean una pareja ahora mismo, porque han encontrado el amor en otras formas: en su soledad, en sus amigos y familia. Ese amor, el propio, tiene mérito y hay poesía en ella.
Pienso en esta frase constantemente: “la felicidad no necesita ser ruidosa”, y me pregunto cuántas veces confundimos el ruido con la compañía, cuántas veces buscamos amor en lugares donde solo hay vacío y lo único que nos devuelven es el eco. En las veces que hemos dejado pasar oportunidades, personas y momentos “En esta escuela del mundo ni siendo malos alumnos repetiremos un año, un invierno, un verano” (De Llamando al Yeti (trad. A. Murcia), 1957)
Espero que las flores que llevabas hayan encontrado su destinatario, porque significa que encontraste un amor que se quedó, que no se esconde; un amor que te mira con todo y tu ternura; donde te sostiene sin medir distancia; un amor donde no hay miedo de decir tu nombre en voz alta.
Desde las orillas del pensamiento: espero que encuentres ese amor, que incluso sin versos, te haga sentir que eres un poema. Y para ti, hombre de las flores, que el amor te siga encontrando en sus múltiples facetas.