Tras la fiesta de Año Nuevo, la moneda de nuestros sueños e ilusiones comienza a caer. Los propósitos que anhelamos fueron sentenciados con las doce campanadas. Es tiempo de enfrentarnos a una ley inmutable de la naturaleza: es difícil llevarlos a cabo.
Cual bólidos penetrando nuestra fuerza de voluntad, ellos ya cumplieron su propósito: dejarse desear para nosotros ser felices durante el primer minuto del año. El plan para concretarlos, como las baterías de los juguetes, viene por separado.
Quizá por eso la motivación sabe mejor en enero. Monarca de los nuevos comienzos, y cierre de ciclos, enero debe su nombre al dios romano Jano, representado por dos rostros: uno mirando al pasado y otro al futuro. A pesar de tan noble origen, entre los mortales porta con solemnidad la corona de los inicios fallidos: “En febrero empiezo la dieta, te lo juro. Nomás nos aventamos la Rosca de Reyes”.
Gracias a los créditos bancarios, a enero también se le atribuye mala fama por ser la epítome de la célebre cuesta de recuperación económica posterior al derroche decembrino. También alberga el fin de las vacaciones y un clima que amenaza nuestro sistema inmunológico. Ante tales infortunios, la isla de Robinson Crusoe suena más confortable que regresar a la oficina. Esto orilla a los habitantes del planeta tierra a enfrentarse al apabullante Blue Monday.
El británico y psicólogo Cliff Arnall, inspirado quizá por la melancólica Liverpool, se propuso descubrir aquello que nos deprime tras el Año Nuevo. Su investigación lo condujo a la ecuación del día más triste del año, representada con el pulso que sólo los neuróticos conocemos:
(C + (D – d) × T × I / M × NA)
Aunque la ecuación no pretendía unificar la física cuántica y la relatividad, Arnall no escatimó en adoptar un estilo digno de Albert Einstein. Incorporando los balances necesarios, logró reunir la catástrofe emocional de aquello que nos acongoja.
Aunque nunca fui un gran erudito del álgebra de Baldor, la fórmula matemática se puede diseccionar de la siguiente manera:
● Identifiquemos C, como el factor climático gripiento.
● D, el pacto con fausto de las deudas y el dinero.
● T, el tiempo transcurrido desde Navidad.
● I, el dinamitado último intento (fallido) por abandonar un mal hábito.
● M, la motivación restante para cumplir los propósitos del año.
● NA, el impulso desbordado de hacer realidad nuestros sueños.
El antídoto para hacer frente a este funesto día se aplica con una dosis recomendable de practicar algún deporte, disfrutar de un pasatiempo y, entre las opciones más arriesgadas, mantener pensamientos positivos durante la jornada laboral.
Carente de veracidad científica, en 2005 la agencia de viajes Sky Travel aprovechó la fecha para lanzar una campaña publicitaria, destacando atractivos descuentos justo el día en que nadie quiere viajar. Los más obsesos melancólicos no la apoyaron.
Una buena noticia es que nos aguarda el Yellow Monday, considerado el día más feliz del año, fechado el 20 de junio con motivo del inicio del verano. Las abejas la esperan con ansia. ¿Y tú?
Otra buena noticia: para el momento en que leas esto, una vez pasado el 19 de enero, ya habremos sobrevivido al día más triste del año. ¿Saldremos ilesos los próximos once meses? ¿Podremos tener un cuerpo de campeonato?
La moneda sigue en el aire.