Un libro subrayado es, más bien, la página de un diario personal
Cristina Rivera Garza
En su breve ensayo “Elogio del subrayado”, Ingrid Solana hace la distinción entre bibliómanos y bibliófilos. Los primeros profesan un respeto elevado y sacramental hacia la figura del libro. Para ellos el libro es un templo al que se debe entrar descalzo y si es posible, persignarse en el umbral de sus pastas al abrirlo. Se sugiere que el bibliófilo, en cambio, entra en las páginas de un libro con un lápiz en la mano. El bibliómano preserva el libro; el bibliófilo se apropia el libro.
¿Con qué criterios nos decantamos sobre una personalidad y otra? ¿Preservar el libro como una pieza de museo, o plasmar en sus páginas un mural de expresión personal? Algunos oscilamos conscientemente entre la espiritualidad y el sacrilegio.
Uno de los propósitos en el ensayo de Ingrid es sugerir que lo que no subraya la voluntad humana, lo subraya el azar de las polillas que se pasean por las páginas de los libros abandonados. Las polillas son lápices del tiempo.
Rosario Castellanos sustenta que leer no es un acto impune. Si bien se refiere a los efectos de la lectura en la mente o en el espíritu de quien lee, hay que revisar esa frase también en el sentido opuesto, desde la materialidad. Leer un libro lo transforma. Sí, al libro. Mucho se habla del poder que tienen los libros de cambiamos a nosotros, pero con la manipulación viva de las manos, también nosotros cambiamos al libro. La transformación es una operación inevitable y mutua en la lectura.
Pero más allá de las transformaciones inherentes a la manipulación de un libro para leerlo –el deterioro de las pastas, las manchas del tacto en las páginas, las accidentales manchas del café– están esas otras marcas en el libro que dejan la voluntad y el deseo de un lector/lectora insumiso: las notas, las llaves, los subrayados.
En los inicios de mi vida lectora, recuerdo trasladar a todos los libros un poco del respeto sacramental que se tiene hacia las biblias. Rayar un libro era peor que rayar una pared. Pero conforme se avanza en la lectura como un hábito de acumulación, las anotaciones y subrayados se antojan inevitables. Marcamos los libros como una brújula de navegación, checkpoint o atajo hacia el pasado: no sólo volvemos al libro, sino al conjunto de reflexiones y sentimientos que tuvimos ante una frase.
Por un tiempo mis afanes lectores estuvieron contenidos por libros de biblioteca y por libros en PDF. Libros que o no eran míos o no podía tocar con la punta de mi lápiz. No es casual que mis primeros subrayados ⎼azorados y tímidos, a lápiz⎼ fueran hechos sobre un económico ejemplar de “Así habló Zaratustra” que compré con la rara idea de que Nietzsche era un autor de terror más que un filósofo. Sobre el Zaratustra, que es una especie de anti-biblia. La primera consigna del respeto hacia los libros, quizá, es que se subraya sólo lo propio y lo tangible. Antes del Zaratustra, no subrayé con lápiz, sino con la memoria.
Con el tiempo, ese celo reverencial hacia los libros se fue desencajando y empecé a ver en las marcas no una falta de respeto, sino el ejercicio de un derecho legítimo.
Abogo para que a los diez derechos del lector[i] que propuso Daniel Pennac en 1992 en su libro (homónimo a la canción de Los Acosta) “Como una novela”, se les agregue un onceavo muy importante: El derecho a subrayar y escribir en los márgenes. Los derechos propuestos pretenden romper algunos estigmas de la lectura empezando por lo obvio: tienes derecho a no leer.
El derecho a subrayar no es vandalismo, es la posibilidad de plasmar nuestra subjetividad y dejar nuestras marcas como una prueba de vida y de presencia.
Una vez cruzado el umbral, no hay vuelta atrás: subrayarás toda la vida, creando un sistema propio y misceláneo, con el uso ya no solo de lápiz, sino marcadores, etiquetas, colores, incluso plumas, según lo requiera el libro, para expresar cosas diferentes en cada ocasión, para operar esa minería del sentido que es resaltar una frase entre miles.
Escribir, leer, subrayar, son actos encadenados, uno viene después del otro, pero el subrayado cierra el círculo y recomienza; es además de todo, otra forma de escritura. Tomemos por caso el “Anti- Humbolt”, un libro que Hugo García Manríquez hizo a base de subrayar a conciencia el Tratado de Libre Comercio para dotar de significados literarios un texto jurídico-normativo.
Subrayar es encontrar nuevos significados y no existe un modo unívoco de hacerlo: tomar una foto es subrayar una frase del día, por ejemplo. Un fósil es una vida subrayada en piedra por el devenir mineral del mundo.
Subrayar es, en última instancia, afirmar que como el fósil, nosotros hemos existido en un devenir de libros. Ctrl + S, el nombre de esta columna, remite al espíritu de subrayar y guardar. Es el comando computacional que estaré invocando quincenalmente para subrayar motivos de atención literaria en la revista La Sílaba.
[i] Los derechos del lector propuestos por Pennac son: 1) El derecho a no leer. 2) El derecho a saltarnos páginas. 3) El derecho a no terminar un libro. 4) El derecho a releer. 5) El derecho a leer cualquier cosa. 6) El derecho al bovarismo. 7) El derecho a leer en cualquier sitio. 8) El derecho a hojear. 9) El derecho a leer en voz alta. 10) El derecho a callarnos lo leído.