Y era también cuando hablábamos de la noosfera, ese envoltorio de la tierra formado por el pensamiento humano, esa esfera de la mente de la que hablaba Teilhard de Chardin y que nosotros imaginábamos como una inmensa red de pescar, tejida con hilos de luz y de neuronas, que atrapaba en sus mallas todos los sueños, todas las esperanzas y todas las mentiras de los hombres.
Palinuro de México,
Fernando del Paso
Los eventos deportivos de gran escala no son únicamente deportivos, son eventos de gran relevancia económica, social y política. Los eventos deportivos como las olimpiadas o los mundiales de fútbol ponen en tensión el espíritu de las naciones; en ellos se juega una gran carga simbólica de identidad, capacidad y progreso. Un fracaso en el deporte conlleva una dosis de fracaso en todos los aspectos de la realidad de un país. Un triunfo en una cancha, por el contrario, borra, aunque sea momentáneamente, las injusticias del mundo.
Uno de los momentos más álgidos en el espíritu del mexicano sucede frente a una portería, los momentos previos a la ejecución de un penalti, ya sea a favor o en contra, detienen la respiración y el tiempo. Ese simulacro de fusilamiento. Pienso en el aficionado del fútbol como en una especie de Hamlet, que se pregunta ¿Ser o no ser? ante el balón, como ante el cráneo de Yorick.
En el peculiar contexto que el 2026 nos ofrece, como uno de los años más complicados para las relaciones internacionales, en el que México ostenta la sede compartida con Canadá y Estados Unidos para el Mundial FIFA, el artista Ricardo Milla pone en tensión los significados del fútbol y el espíritu del mexicano en una de sus más recientes piezas: ‘Noosfera’.
Una pieza conceptual que une a dos elementos globalizantes: el balón y la pantalla. ‘Noosfera’ propone una lectura en múltiples niveles, comenzado por el juego dialéctico que plantea su composición: lo analógico versus lo digital; el color versus el negro; la esfera versus el rectángulo, el balón versus la portería; lo físico versus lo intangible.
Sería un error, sin embargo, limitar la lectura de la pieza de Ricardo Milla únicamente a sus juegos dialecticos, o a la suma llana de sus elementos. La pieza conlleva una propuesta integral y concreta. En el mismo modo que 2026 resulta un año de lectura complicada, atravesado por múltiples significados, esta pieza debe leerse con atención cifrada en su título y su contexto.
Esto no es un balón. Es la idea de un balón. Un balón elevado a sus posibilidades de escultura. La tesis de un balón. Un objeto estético puro, negro, nocturnal, de una alta densidad visual cuya superficie sirve como un fondo para la proyección de otra idea vital en la geometría del fútbol: la portería.
A través de la implementación de una pantalla, el no-balón eleva su concepto a una segunda categoría de significación, que no únicamente de la escultórica, sino de las imágenes en movimiento como un lenguaje.
La pantalla adosada al balón muestra la secuencia en bucle de un mensaje encriptado en fotografías. La portería que aparece en la pequeña pantalla pertenece a una cancha de los suburbios, como una imagen reconocible del México profundo. Una escena hecha de tierra y cielo en un país en el que el fútbol es un lenguaje transversal, que va desde las canchas llaneras, hasta el sofisticado césped de grandes estadios.
La portería de la pantalla ha sido fotografiada en diversos momentos del día y la secuencia de las imágenes no es aleatoria. A cada fotografía se le ha asignado el valor de una letra. Una foto es una letra. Bajo esta premisa, es posible leer la secuencia de imágenes como un mensaje. Un mensaje reconocible para todos los mexicanos:
Mexicanos al grito de guerra...
El Himno Nacional Mexicano se reproduce en la secuencia de imágenes, como meditación y exhorto. Un código secreto dirigido al subconsciente patriotero, que se hace presente no únicamente como el preludio de un enfrentamiento deportivo, sino que apunta a la existencia de un pasado remoto en el que el mexicano se jugaba el honor y la vida en el prehispánico juego de pelota. Para el mexicano, sea dentro o fuera de la cancha, como ya se ha sugerido, el juego tiene severas implicaciones existenciales.
De ahí que el fútbol, no sea fútbol únicamente, sino que exista toda una dimensión del no-fútbol detrás del mismo, una compleja esfera de significación en la que flotan: la identidad y la pertenencia, la geopolítica y el poder, la esperanza, la memoria emocional de los individuos y de los pueblos, la religiosidad, la ética, la tragedia.
‘Noosfera’ es un neologismo conformado por dos palabras de raíz griega: ‘nous’, que significa mente, inteligencia o espíritu, y ‘sphaira’, que significa esfera. Su traducción efectiva, pues, sería “esfera de la mente”, o “esfera del pensamiento”.
Vladimir Vernadsky, geólogo ruso, propuso a la noosfera como una capa geológica adicional, superior a la biósfera: la capa de actividad racional humana y sus productos: la ciencia, la tecnología, la cultura, (¿el fútbol?).
Pierre Teilhard de Chardin, paleontólogo y sacerdote jesuita francés, pensó en la noosfera de un modo más espiritual y teológico. Para él es la capa del pensamiento colectivo que resulta de la biósfera y que se dirige hacia una mayor complejidad de la organización universal, culminando en un “Punto Omega”.
Pensemos la Noosfera como la esfera de la razón humana; un territorio imaginario donde sucede el no-fútbol; el pensamiento como una pelota que rebota en los límites de la razón. La racionalidad como fuerza geológica, como cable invisible que conecta toda la actividad y la cultura humana. ¿Una representación del cuerpo y la mente? La mente y el cuerpo como un objeto único, indisociable, atrapado el uno en el otro. La representación de una cabeza en el acto de pensar. ¿La cabeza de Yorick? La representación de un pensamiento rumiante, que gira sobre su propio eje. Une idée fixe.
Esta obra de Ricardo Milla, se exhibe actualmente en el Museo Jumex de la Ciudad de México, como parte central de la exposición “Fútbol y arte: esa misma emoción”. En cierto modo, ‘Noosfera’ resume los intereses tecnológicos, bélicos, deportivos, políticos, artísticos del mexicano en particular, y del humano en general. Entre las muchas interpretaciones que podemos aventurar, este no-balón podría entenderse como un objeto literario, un Aleph magnificado, un periscopio de tiempo o una bola de cristal para navegar en el pasado y el porvenir de la ideación humana, con el grito de guerra de fondo, como un irremediable producto de su cultura.