Vivimos en un tiempo que mide el valor en números, dinero y popularidad. En vistas, likes, espectadores. Nos enseñan que, si nadie mira, entonces no importas lo suficiente. Pero verte ahí, tocando para un puñado de desconocidos, me recordó que el amor por lo que hacemos no siempre busca validación; a veces solo busca una forma de respirar. A veces es una forma de mantenerse a flote, en este mundo lleno de estímulos superficiales. Tal vez tocabas para recordar quién eres. Tal vez para no perderte del todo en la rutina. Tal vez porque la guitarra es el único lugar donde el día deja de dolerte. No lo sé.
Vivimos en tiempos extraños ¿verdad? Tiempos en los que querer parece un riesgo demasiado grande y, aun así, lo seguimos intentando. A veces siento que el amor actual vive bajo una luz fría, rápida e intermitente. Pensé entonces en cómo el amor ha cambiado. Neruda se deshacía escribiendo “me gusta cuando callas porque estas como ausente” (Neruda, Poema XV), creyendo que en silencio podía verse la entrega. Idea Vilariño, con su voz casi quebrada, podía decir “ya no será, ya no…pero te quiero” (Vilariño, Ya no, 1958). Benedetti hablaba del amor como una trinchera y un abrazo. Pizarnik hacía del deseo un cuchillo hermoso. Y Rilke pedía amar como quien cultiva un jardín interior, lento y profundo.
Tiempo, tú lo sabes más que nadie, te he juzgado creyendo que eras algún tipo de verdugo. Que medirías mis pasos, mis logros y mis ausencias. Que con la crueldad que todos dicen que tienes, marcarías la distancia entre lo que quise ser y lo que apenas he logrado. Pero ahora que te escribo, desde esta posición donde la vida se afloja un poquito más y me obliga a sentir todo, descubrí que tal vez nunca fuiste mi enemigo. Tal vez solo fui yo quien se corrió demasiado rápido, intentando atraparte sin preguntar por qué tenía tanta prisa.