No sé tu nombre, pero te escribo porque te vi y me sentí intrigada. Te vi tocar la guitarra, una tarde cualquiera, mientras el mundo parecía irse hacia otro lado. Éramos solo tres personas escuchándote, la melodía y la pasión con la que cantaste me fascinó. No sé si nos contaste, tal vez no te importó la cantidad, pero ahí estabas, sosteniendo la música como si no dependieras de nadie más para existir.
Hay un coraje particular en seguir haciendo lo que uno ama cuando no hay multitud. Tres días seguidos te vi en el mismo lugar y no había espectadores, hasta hoy. Requiere coraje cuando no hay promesas de reconocimiento ni aplausos asegurados. Tocabas sin sentir la urgencia de convencer o de agradar, sin la ansiedad de ser elegido. Tocabas porque sí, ¿por qué no hacerlo? Y tal vez, habría sido una forma de rendirte.
Vivimos en un tiempo que mide el valor en números, dinero y popularidad. En vistas, likes, espectadores. Nos enseñan que, si nadie mira, entonces no importas lo suficiente. Pero verte ahí, tocando para un puñado de desconocidos, me recordó que el amor por lo que hacemos no siempre busca validación; a veces solo busca una forma de respirar. A veces es una forma de mantenerse a flote, en este mundo lleno de estímulos superficiales.
Tal vez tocabas para recordar quién eres. Tal vez para no perderte del todo en la rutina. Tal vez porque la guitarra es el único lugar donde el día deja de dolerte. No lo sé. Pero sí sé que no te fuiste cuando pudiste hacerlo. Que no guardaste el instrumento solo porque el público no llegó o no se quedó lo suficiente. Y eso dice más de ti que cualquier escenario lleno.
Hay muchas personas que dejaron de hacer lo que aman porque pensaron que aún no era el momento, porque nadie los estaba mirando, porque el miedo a lanzarse a lo desconocido fue más fuerte. Por eso tu gesto, aunque sencillo, fue profundamente valiente. Elegiste quedarte fiel a algo que te habita, aunque el mundo no estuviera atento. Pudiste hacer otra cosa, pero decidiste tomar la guitarra un día más y pararte a lo desconocido.
Nos han enseñado que posponer ciertas decisiones siempre es lo más atinado. Nos dicen que esperemos el momento correcto, que afinemos mejor, que seamos más prudentes, que primero resolvamos la vida y luego, si queda tiempo, volvamos a lo que nos gusta. Así, muchos terminamos guardando nuestras guitarras, los cuadernos, las ideas, convencidos de que el deseo puede esperar porque “mañana será un mejor día” y mañana se convierte en días, meses, años. Pero el deseo no sabe de horarios, el deseo también se oxida.
Vivimos aprendiendo a sobrevivir. A pagar cuentas, a cumplir horarios, a elegir lo urgente de lo importante. La necesidad se vuelve una voz dominante en nuestra mente, que nos convence de aplazar lo que deseamos: “cuando haya tiempo”, “cuando sea estable”, “otro día será, necesito pagar las cuentas”, “cuando no duela tanto”. Así, muchos no renuncian de golpe a lo que aman, sino que lo van posponiendo, poco a poco, para engañarnos de que estamos haciendo lo correcto. Como si el deseo pudiera guardarse. Sobrevivir nos enseña a resistir, pero a veces también nos enseña a callar.
También quiero decir algo libre de juicio, porque no todos partimos del mismo lugar. Comprendo cuando alguien decide sobrevivir. Cuando ese cansancio no es una elección, es más bien una consecuencia: pagar las cuentas, cuidar, sostener, cumplir. Hay momentos en los que el deseo no se abandona por falta de amor o de pasión, sino por exceso de responsabilidad. Cuando el día se organiza alrededor de lo urgente y no de lo que deseas hacer. Solemos hablar del “atreverse” desde el privilegio de quien tiene tiempo, red de apoyo o margen para fallar. Pero hay vidas que no permiten ese lujo inmediato. Hablamos del coraje como si fuera accesible para todos de la misma forma, olvidando, que hay vidas donde el riesgo no es poético o significativo, sino un peligro real. Hay quienes dedican tiempo a ambas cosas y es válido, es tu esfuerzo. Sobrevivir no es cobardía, es una forma de resistencia. Y aplazar lo que se ama no siempre es rendirse, a veces es la única manera de seguir de pie.
Hay quienes creen que hacer lo que uno ama es un acto egoísta. Que dedicarse tiempo, energía o atención a una pasión es un lujo innecesario. Pero verte ahí me recordó que, en realidad, es lo contrario. No sé las razones por las que decidiste pararte y tocar ante un público indiferente, tal vez es la necesidad, tal vez estas pasando por un momento difícil en tu vida. Aún y con eso, te permitiste hacer lo que amas, incluso pequeño, incluso sin público. La música no arregla todo, pero acompaña, y ese día, a tres personas nos hiciste sentir encantadas por esa voz que pocos deciden escuchar. Pero escuchar realmente.
Tal vez ese día te preguntaste si valía la pena ir de nuevo al mismo lugar. Si tocar para tres personas era suficiente. Si habría sido mejor quedarte en casa, evitar el desgaste de tu voz, ahorrarte la posible indiferencia. Todos nos hacemos esas preguntas cuando elegimos lo que nos importa. El miedo no desparece, solo cambia de forma. Pero tú te quedaste, y al quedarte, elegiste no traicionarte.
Pensé también en todas las veces que yo misma he dudado. En los años que voluntariamente, guardé lo que escribía porque parecía no tener eco y lo disfrazaba con un “esto es solo para mí”. En los momentos en que el silencio de nosotros mismos y lo que nos genera crear se siente como una respuesta definitiva. Verte tocar fue un recordatorio incómodo y necesario: no todo lo que es valioso necesita multitud. Algunas cosas solo necesitan honestidad.
Hay una dignidad silenciosa en quien persiste. En quien sigue creando, aunque nadie prometa quedarse hasta el final. En quien entiende que el sentido no siempre está a la vuelta de la esquina, sino en un gesto de no abandonar lo que nos sostiene. Tocar la guitarra en una calle del centro, con tres espectadores es, en el fondo, un acto de fidelidad.
Por eso quería escribirte. Para decirte que alguien te vio, no como espectáculo, sino como artista, como decisión. Que alguien entendió que ese momento no fue pequeño. Que en esa calle, en esa tarde sin promesa alguna, hiciste algo profundamente humano: elegiste el coraje de hacer lo que te gusta.
Ojalá sigas tocando, cuando haya más gente y cuando no la haya; cuando el día sea amable y cuando pese. Ojalá no dejes que el mundo te convenza de que solo vales lo que puede medirse. A veces, lo más importante ocurre en voz baja. En esos momentos donde solo eres tú y la honestidad que tienes para elevarte, aunque alguien allá afuera quiera pisotearte.
Te escribo desde aquí, desde Las orillas del pensamiento, donde aprendemos que no todo lo que importa hace ruido, y que a veces, la valentía se parece mucho a seguir tocando, aun cuando nadie escucha.