Hay lugares en el mundo donde la cultura se envuelve en la solemnidad de un edificio, grandes bibliotecas en silencio, con lámparas que iluminan las mesas de madera donde alguien está estudiando o pasando de página en página. Espacios que parecen hechos para resguardar el conocimiento, donde se busca la tranquilidad como si fuera algo sagrado. Pero también existen otros lugares donde la cultura no tiene paredes, donde no hay arquitectura que la sostenga, ni horarios que la ordenen. Lugares donde la literatura llega de otra forma: a veces en una sala al aire libre y otras sobre el lomo de un burro, avanzando lentamente por un camino de tierra.
Hoy esta carta está dirigida hacia uno de esos lugares y a esos maestros que, con vocación, transmiten su conocimiento contra toda corriente. Hacia esa persona que un día decidió que el conocimiento no tenía que estar limitado a un cuarto o una mesa de madera. Que probablemente pensó en la falta de literatura en las infancias, y arriesgó su propio tiempo y su dinero para hacerlo posible.
En una región rural de Colombia, en el Magdalena, un maestro decidió hace casi tres décadas que la distancia entre los niños y los libros era ya un problema. Se llama Luis Soriano Bohórquez, y lo que empezó como una solución improvisada terminó convirtiéndose en una de las formas más conmovedoras de acercar la lectura al mundo. La idea era tan sencilla, tan sencilla que parece obvia después de escucharla: si los niños no podían ir a la biblioteca o no tenían acceso a ella, la biblioteca tendría que ir hacia ellos. Pero lo que hay detrás de esa decisión no es solo generosidad. Es algo más profundo, es una forma de mirar de frente a la desigualdad que muchas veces preferimos pasar por alto.
Imagina el paisaje: pequeñas fincas dispersas entre caminos de polvo, árboles y parcelas de cultivo, trayectos largos, transporte irregular, servicios culturales prácticamente inexistentes. Para muchos niños, la escuela era el único lugar donde podían convivir con un libro, para otros era ya un lujo pensar que algún día irían a la escuela. Y, aun así, los libros eran pocos, se limitaban a unos cuantos diccionarios, cuadernos, manuales ilustrados. Los cuentos, las novelas, todo ese universo que en otros lugares acompaña a las infancias, eran casi desconocidos en esa región.
Luis Soriano no necesitó estadísticas para entenderlo. Le bastó con observar a sus alumnos: la forma en que se inclinaban sobre un libro nuevo, el asombro ante un objeto nuevo en sus vidas; las preguntas que hacían y esa curiosidad intacta le hizo entender algo: el problema no es la falta de interés, es la falta de acceso. Los libros, simplemente, no llegaban. Entonces, hizo algo que probablemente a ojos de muchos parece pequeño. Tomó lo que tenía a la mano: dos burros a los que llamó Alfa y Beto, como si desde el mismo nombre quisiera recordarnos que todo empieza desde el alfabeto. Sobre sus lomos colocó cajas de madera llenas de libros, al principio apenas setenta. Con sus burros y libros en mano, empezó a recorrer las veredas.
Los caminos eran difíciles, el calor intenso y a veces la lluvia se convertía en barro. Los trayectos podían durar horas, pero en cada parada ocurría algo que, para él, hacía que todo valiera la pena: esos niños que salían a recibirlo con una sonrisa de lado a lado. Y aquí es donde la historia cambia de forma. Porque las bibliotecas como las conocemos, son lugares a los que uno va. Esta en cambio, aparecía, como acto de magia.
En cada comunidad, Luis descargaba los libros y armaba una biblioteca improvisada sobre una mesa, en un banco, incluso en el suelo. Los niños se reunían alrededor, algunos tocaban los libros con cuidado, como si fueran frágiles. Otros los abrían con prisa, fascinados por las imágenes y otros no sabían exactamente que buscaban. Luis no solo prestaba libros, también los leía en voz alta, explicaba palabras y hacía preguntas. Convertía a la lectura en un acto compartido, como una obra de teatro a la que todos añoran ver y escuchar.
Durante unas horas, esa biblioteca parecía un baile, lleno de gente, sonrisas, niños corriendo y yendo hacia sus padres para mostrarles su nueva adquisición. Y luego, el Biblioburro seguía su camino.
Tal vez al leerlo, todo esto parezca una historia inspiradora, que si lo es. Pero también es una historia incomoda. Porque mientras en algunas ciudades los libros están en todas partes –bibliotecas, librerías, plataformas digitales– en muchas zonas rurales la distancia entre un niño y un libro todavía se mide en kilómetros, en dinero y carencias. El Biblioburro no solo es una historia inspiradora, es una respuesta bellísima a esa distancia. Y también, es una señal de que esa distancia aún existe.
Y entonces, aparece otra pregunta, una incómoda y que no es tan fácil de responder: ¿por qué tiene que ser un maestro con dos burros quien lleve libros a estas comunidades? Las bibliotecas no deberían ser un privilegio, deberían ser parte de lo básico, como las escuelas y los hospitales. Cuando un proyecto como este se vuelve necesario, lo que también nos dice es que algo falta.
Aún recuerdo con cariño al maestro que me regaló mi primer libro, ese libro que abrió puertas de mi mente que no sabía que existían. Salieron historias, sentimientos, emociones y una forma de conocerme y enfrentarme al mundo. Gracias a él, hoy estoy haciendo lo que a los nueve años solo era un sueño. Tal vez a esos niños, el Biblioburro no solo les dio la fortuna de conocer un mundo nuevo en un libro, también un recuerdo bonito de su infancia: un maestro que cargaba mi primer libro en dos burros.
Un libro puede cambiar la forma en que un niño se mira así mismo. Puede mostrarle que existen otras vidas, otros caminos, otras versiones de lo posible. No porque todos deban recorrerlos, sino porque saber que existen ya transforma el horizonte. La imaginación, al final, también es una forma de libertad.
Queridos maestros: hay algo de su profesión que no aparece en los planes de estudio, ni en los informes, ni estadísticas. Algo que no se puede medir, pero que puede cambiar vidas de formas que ni se imaginan. Encienden esa curiosidad en ojos que nunca habían visto un libro de cerca. Encienden preguntas en niños que aún no saben que tienen derecho a cuestionar el mundo. Encienden posibilidades en quienes crecieron creyendo que su destino ya estaba escrito.
Ustedes, que cargan libros en mochilas, en cajas, en burros o en las manos; ustedes, que llegan a comunidades donde todo parece ser escaso menos las ganas de aprender; ustedes, que enseñan incluso cuando falta todo lo demás…están haciendo algo mucho más grande que solo dar clases. Están ampliando horizontes. Sembrando ideas que tal vez no florezcan mañana, pero que un día, cuando ese niño sea adulto, aparecerán como un rayo: yo también puedo.
Gracias por elegir este camino una y otra vez, incluso cuando es difícil. Gracias por sostener la educación no solo como un trabajo, sino como una forma de dar amor a través del conocimiento. Porque hay niños que hoy los miran sin saberlo, y en ese pequeño gesto, un día van a estar decidiendo quienes quieren ser.
Con cariño, Orillas del pensamiento