1622: en las aguas del estrecho de Ormuz flotan los restos de los navíos imperiales de guerra que han sido destrozados en la batalla; les acompañan los cadáveres de algunos de los infortunados marineros que los tripulaban. La sentencia del icónico poeta Francisco de Quevedo (1580-1645) resuena: “el daño es pronto y el remedio es tardo”.[i]
Este artículo explora cómo la literatura del Siglo de Oro funcionó como diagnóstico de la insostenibilidad del proyecto imperial. A través de versos contemporáneos a dos episodios que inauguraron el declive hispánico, la guerra de Flandes (1568-1648) y la pérdida de Ormuz (1621-1622), se analiza el impacto que dejó la crisis política sobre la esfera cultural.
I: Buenos días, Flandes
La guerra de Flandes fue un conflicto bélico ocurrido en el territorio de lo que actualmente conocemos como Bélgica y Holanda, el cual era parte de las posesiones europeas del Imperio español. El casus belli se encuentra en la rebelión de las provincias ––que conformaban dicho territorio–– en contra de la Corona española presidida por Felipe II. Cuestiones económicas y religiosas se vieron mezcladas entre las causas del levantamiento: el territorio constituía un polo financiero y comercial estratégico para Europa, mientras que el auge de las doctrinas protestantes desafiaba el estricto católicismo impuesto desde Madrid.
La respuesta imperial consistió en el envío de los laureados y temidos Tercios para pacificar las provincias. Las batallas que se sucedieron implicaron muchas veces el asedio de las ciudades rebeldes como Amberes, Haarlem o Breda. Allí los Tercios se valieron de trincheras, donde la rudeza de la lucha produjo escenas de pesadilla.
Tales son descritas de esta manera en un poema español anónimo escrito por un testigo y participante del asedio a Haarlem[ii] (1573): “dame pena lastimera/ ver mis amigos muertos/ […] dos meses justamente son pasados/ que morimos con vanas esperanzas/ a la vista de enemigos y cercados/ sin que empleemos brazos, picas, lanzas/ y ahora nos volvemos maltractados [sic]/ […]¡Oh Harlem [sic], y cuán cara nos costaste/ tan solo en estos dos que señalaste!”.
Siglos más tarde se verían escenas similares en las trincheras que se cavaron casi en esas mismas tierras durante la Primera Guerra Mundial. Haarlem fue tomada después de ocho meses de penurias en las trincheras y miles de bajas en el bando hispano. Las fuerzas de Felipe II obtuvieron lo que fue catalogado como una victoria pírrica.[iii] Como desquite, los defensores de la derrotada ciudad fueron ejecutados; se calcula que se trató de entre 1735 a 2300 personas.[iv]
Como en toda guerra de este tipo, destinada a la pacificación y combate contra rebeldes, los actos de barbarie fueron múltiples. De hecho, previo a la rebelión de Haarlem ya circulaba un panfleto con unos versos paródicos, que no tienen desperdicio para entender el resentimiento ante acciones represivas por parte del ejército español:
“Padre infernal que estás en Bruselas,/ maldito sea tu nombre en infiernos y tierras,/ consúmase tu reino, que ya ha durado en exceso (...)/ Ninguna deuda tu perdón alcanza;/ El pan que te nutre es la venganza (...).”[v]
En contraparte, para algunos soldados españoles estaba claro cuál era parte del objetivo de combatir en esta contienda, tal como se describe en estos versos endecasílabos, escritos por un poeta soldado llamado Francisco de Aldana (1537 o 1540-1578): “Otro aquí no se ve que, frente a frente,/ animoso escuadrón moverse guerra,/ sangriento humor teñir la verde tierra,/ y tras honroso fin correr la gente;/ éste es el dulce son que acá se siente:/ « ¡España, Santiago, cierra, cierra!»”[vi]
Sin embargo, a pesar de que las fuerzas españolas contaran con aquellos ánimos y que en la mayoría de las batallas los Tercios triunfaran, las bajas se fueron acumulando; a pesar de ser la gran potencia global y de invertir en la guerra enormes cantidades de recursos económicos; a pesar de toda la desolación y muerte que se provocó; la Corona española terminaría perdiendo las ricas Diecisiete Provincias de Flandes. Como ha señalado Esparza, algunos historiadores denominan a este episodio como “el Vietnam del imperio español.”[vii]
II: Ormuz, la batalla inevitable
Durante el siglo XVI el rey Felipe II consiguió la unificación del reino de Portugal con el de España, incorporando también sus posesiones territoriales, entre las cuales se encontraba la fortaleza de la isla de Ormuz, localizada a la entrada del golfo Pérsico. Por lo tanto era una posición estratégica para controlar el comercio entre Oriente y Occidente.[viii]
Dada su importancia, se convirtió en un punto de conflicto con el imperio Safávida (herederos de Persia y antecesores del actual Irán), el cual escaló en parte por la lentitud en las gestiones diplomáticas de Felipe III (hijo y sucesor de Felipe II en el trono de España y Portugal) para con el rey safávida,[ix] y en parte porque este último se alió con los advenedizos ingleses y sus compañías comerciales. La convergencia de estos factores hizo inevitable la guerra por Ormuz.
De esta manera, entre 1621 y 1622, tras una serie de batallas navales y un asalto final contra una fortaleza portuguesa ubicada en dicha isla, los ibéricos fueron expulsados. Un reproche de aquel gran error, puede encontrarse en un soneto escrito por Quevedo y dirigido al rey Felipe, en el cual, aparte, se le enumeran otros fracasos más, aunque no de las mismas consecuencias: “Los ingleses, Señor, y los persianos/ han conquistado a Ormuz; las Filipinas,/ del holandés padecen grandes ruinas; Lima está con las armas en las manos./ […] La liga de furor y astucia armada,/ vuestro imperio procura que se trueque;/ el daño es pronto y el remedio es tardo.”
III: Siglo de Oro, siglo de guerras
Los versos presentados revelan una faceta del Siglo de Oro Español que va más allá del refinamiento técnico de las estructuras clásicas de la poesía, estos textos ofrecen testimonios íntimos sobre episodios cuyos desenlaces prefiguraron la decadencia imperial. Aunque el imperio español pervivió otros doscientos años, nunca recuperó la hegemonía que ostentó en el siglo XVI.
[i] Quevedo, Francisco. Al mal gobierno de Felipe IV. En Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, en línea: https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/sonetos-de-quevedo--0/html/ffd3e310-82b1-11df-acc7-002185ce6064_5.html [Consultada el 2 de abril de 2026]
[ii] González, Fernando, (S/f). «Guerras civiles de Flandes», poema épico inédito. Pp. 156-157. En Real Academia Española:
https://apps2.rae.es/BRAE_DB_PDF/TOMO_XLV/CLXXIV-CLXXV/GonzalezOlle_141_184.pdf [Consultada el 2 de abril de 2026]
[iii] Claramunt, Álex, (13 de julio de 2023). 450 años del asedio de Haarlem, el triunfo más sufrido de Alba el Flandes. En Desperta Ferro Ediciones. https://www.despertaferro-ediciones.com/2023/450-anos-asedio-de-haarlem-duque-alba-guerra-flandes/ [Consultada el 3 de abril de 2026]
[iv] Ídem
[v] Martínez, Clara M., (15 de marzo de 2010) Letras sin sol: la visión de Flandes en dos poetas soldados del renacimiento español. En Lectura y signo, 6 (2011), pp. 139-169. P. 151: https://revpubli.unileon.es/index.php/LectSigno/article/view/3553/2561 [Consultada el 3 de abril de 2026]
[vi] Ídem. P. 165
[vii] Esparza, José J., (23 de noviembre de 2017). Una pica en Flandes, el Vietnam del imperio español… y por qué los flamencos no amaban al rey Felipe. En El Mundo: https://www.elmundo.es/cronica/2017/11/23/5a0f1232468aebf3418b45e6.html [Consultada el 3 de abril de 2026]
[viii] Posición que en la actualidad, 2026, sigue siendo estratégica.
[ix] Rubiés, Joan-Pau, (19 de octubre de 2018). 1622 y la crisis de Ormuz. ¿Decadencia o reorientación? En Mélanges de la Casa de Velázquez, 48-2: https://doi.org/10.4000/mcv.9047 [Consultada el 3 de abril de 2026]