“Si no puedes soportar el calor, no le hagas cosquillas al dragón”.
Scott Fahlman
Científico computacional estadounidense
La cortina de mi ventana ondeaba con fatiga, como si también sufriera los efectos de la primera ola de calor del año. Al caer la noche, la temperatura no ofrecía ningún abrigo templado. Es probable que nuestras cobijas se hayan convertido en el primer enemigo a vencer a la hora de la siesta.
La situación no era para tomarla a la ligera: del cuatro al seis de abril en el Noreste, Oriente, Sureste y Sur, se presentó una alarmante temperatura de 40 a 49°C. En el Occidente del país se presentó de 35 a 42°C y en el Altiplano se mantuvo de 28 a 35°C.
Esto refleja un peligro latente, que a más de uno puede tomar desprevenido. Frente al calor extremo nadie puede evitar el sufrimiento del bochorno. La temperatura del alma nos recuerda que una paleta helada es el arma definitiva.
De no combatirlo a tiempo, este enemigo invisible nos derribará con su famoso “golpe de calor”. La mirada se nubla. Nuestra cabeza se calienta. Alzamos la mirada en busca de aire fresco y suplicamos que el malestar se pase rápido, pero es demasiado tarde. De nuestra nariz emana el fluir ferroso sin retorno de la sangre al exterior.
Lo peor es que esta dolencia no es exclusiva del aire libre. También ocurre en el interior de los hogares mexicanos. El bloque de adobe naranja, ideal para climas calurosos, queda inservible ante el encierro urbano. El calor entra, pero no sale. Y todo se remonta a la época colonial.
El modelo de vivienda español se caracterizó por usar madera, piedra y ladrillo, los cuales eran perfectos para ofrecer un diseño visual portentoso. Sin embargo, eran carentes de un eficaz sistema de ventilación. Lo anterior se agravó para el grueso de la población, quienes no podían permitirse colocar en grandes extensiones de terreno patios y ventanales.
A partir de entonces las viviendas fueron incapaces de crear un diseño que conjugara un espacio térmico ideal, auspiciado por medidas naturales que el propio hogar ofreciera al usuario para no sentirse asfixiado. Además, la implementación de un sistema de calefacción en las viviendas mexicanas es casi inexistente.
Al no controlar la temperatura en la que se vive, el mexicano se las ingenia para sobrevivir: anda en paños menores, enciende el ventilador en el famoso número tres o prueba líquidos calientes como café, té o cualquier caldo, los cuales son famosos por regular el desajuste térmico del cuerpo. Y ya ni hablemos de los que soportan el calor en la calle, sin posibilidad de ampararse bajo su sombra. La botarga humana, promocionando un producto en plena acera, es el héroe definitivo de la resistencia y el sudor.
Este aumento en la temperatura nos invita a reflexionar la problemática medioambiental que nuestra generación está enfrentando. La aridez en la zona norte del país, la futura escasez de agua y el aire seco y contaminado que el calor nos ofrece, funge como venganza de la Tierra ante el árbol que aún no hemos plantado.
Conforme la primera ola de calor pasa, los chilangos vivimos un evento nada inusual. Cerca de las siete de la tarde del martes 12 de mayo de 2026, una tormenta nos bañó a todos con su afecto. Y no se tome a broma esta aseveración, pues de un momento a otro experimentamos una fracción del diluvio universal: 39 litros por metro cuadrado fue el alcance en la zona de Indios Verdes, llegando a un tope en las alcaldías Gustavo A. Madero y Cuauhtémoc de 163 litros por metro cuadrado.
Todos olvidamos el calor y nos sumergimos en la odisea de llegar a casa. Nuestros hogares parecen no ser hechos para la urbanidad mexicana: o nos asamos en su interior, o nos inundamos en el exterior.
Ese día, poco antes del diluvio, su amigo, que escribe estas palabras, pensó en salir a correr. “Hay pura nube”, dijo al observar el cielo. Estaba agradecido de no ser sofocado por el habitual calor de verano. Nada podría salir mal. Que equivocado estaba.