Hay noches en las que el mundo parece retirarse unos pasos y dejarnos solos frente a nosotros mismos. No ocurre nada extraordinario. La ciudad continua ahí, respirando lentamente detrás de las ventanas; algún automóvil cruza una avenida vacía; alguien en otro edificio apaga una luz. Todo permanece en orden, y, sin embargo, algo es diferente. La noche tiene la costumbre de quitarle al mundo su apariencia habitual. Durante el día las cosas parecen ser más apacibles, más simples. Las obligaciones suceden una detrás de otra, la gente habla, el tiempo avanza con una velocidad razonable. Uno vive sin preguntarse demasiado, pero al llegar la madrugada, cuando ya no queda nadie a quien responderle, la existencia adquiere un silencio incómodo. Entonces llegan los pensamientos.
No los grandes pensamientos filosóficos, como a veces imaginan quienes han conocido el insomnio, sino otros muchos más pequeños y persistentes. Pensamientos miserables, ridículos, las memorias de una conversación de hace diez años o el rostro de alguien visto apenas unos segundos. Es curioso como la mente humana está hecha de residuos. Uno pasa años creyendo que su vida será definida por acontecimientos importantes y termina comprendiendo que la mayor parte de la existencia se compone de detalles mínimos que se quedan adheridos al alma sin razón aparente.
Pienso que la gente habla demasiado poco de la fatiga de existir. No del sufrimiento excepcional ni de las grandes tragedias —para eso existen las novelas o los periódicos—, sino del cansancio ordinario de estar vivo todos los días. Hay mañanas en que levantarse de la cama cuesta más de lo normal. Nadie lo nota porque el cuerpo continúa funcionando: uno se viste, prepara el café de la mañana, responde mensajes, una sonrisa a tus seres queridos o quien te acompañe. Pero debajo de esa rutina casi robotizada, a veces hay un agotamiento difícil de explicar. Simplemente pesa demasiado y aunque hayas dormido temprano el día anterior, sientes que nunca es suficiente.
Quizá por eso algunas personas aman tanto la noche, porque la oscuridad suspende, aunque sea por unas horas, la obligación de representar un papel frente al mundo. Estar despierto a las tres de la mañana, mientras miras el techo, parece ser el momento más íntimo tras un día lleno de obligaciones. A esas horas, ya no existe la necesidad de parecer fuerte, interesante o equilibrado. La noche elimina ciertas mentiras sociales, uno deja de actuar y simplemente empieza a permanecer, en ese momento de honestidad, acompañado por el ruido lejano de la ciudad y por esa extraña tristeza, felicidad o nostalgia sin nombre que aparece cuando el cuerpo está demasiado cansado para seguir huyendo de sí mismo.
Vivimos aterrorizados por el silencio, por eso llenamos nuestros días de ruido. Música en los trayectos, conversaciones constantes, pantallas encendidas incluso antes de dormir. Cualquier cosa sirve con tal de evitar ese instante en que la mente finalmente se queda sola consigo misma. Porque en el silencio aparecen las preguntas incómodas. Preguntas que nadie puede responder de manera satisfactoria. Si realmente somos felices, si alguna vez hemos amado a alguien bien a alguien, si las personas que perdimos todavía piensan en nosotros de vez en cuando. O esa otra pregunta, quizá la más difícil de todas: si la vida hubiera cambiado de manera importante, aunque nunca hubiéramos existido.
Naturalmente, no hay respuestas. La existencia humana tiene algo de absurdo. Pasamos años intentando construir sentido alrededor de cosas que terminan desapareciendo. Las ciudades cambian, los rostros envejecen, las relaciones se transforman lentamente hasta volverse irreconocibles. Incluso nuestros recuerdos comienzan a deformarse con el tiempo, y aun así el hombre y la mujer insiste: se enamora, hace promesas, compra flores, escribe cartas, planea futuros.
Creo que es donde nace el amor. Del deseo desesperado de que otra conciencia nos acompañe en este lugar extraño. Porque el verdadero problema de la existencia no es la muerte, sino la separación. Nunca logramos entrar del todo en la vida interior de nadie, podemos dormir junto a una persona durante años y aun así desconocer los pensamientos que lo atraviesan durante la noche. Cada ser humano vive encerrado dentro de sí mismo, apenas logramos enviar señales y, sin embargo, seguimos intentando alcanzarnos. Quizá el amor no sea otra cosa que esa tentativa imposible.
Continuamos viviendo aun cuando ya no entiende demasiado bien el por qué. Tal vez porque siempre existen pequeñas cosas capaces de sostenerlo un día más: conversaciones profundas con quienes amamos, el café con mamá y papá, la luz entrando por la ventana. Hay momentos pequeños pero significativos que justifican silenciosamente toda la fatiga anterior y quizá esa sea la única forma real de felicidad accesible para nosotros. Tal vez no tengamos una plenitud permanente, pero sí breves instantes en donde el peso del mundo parece disminuir un poco.
Recuerdo que hace unos días, caminando por el centro de mi ciudad, pensé en que la vida humana se parecía mucho a las ventanas de un edificio. Uno nunca sabe que hay detrás de ellas: tal vez alguien se ríe, tal vez alguien está llorando, tal vez otra persona está trabajando en el proyecto más grande de su vida. Cada existencia contiene un universo entero de pensamientos invisibles y a lo mejor, la verdadera cuestión es que nunca podremos conocerlos por completo. Pero siento que hay mucha paz en aceptar eso.
Aceptar que nunca entenderemos del todo nuestra vida ni la de los demás; que muchas preguntas permanecerán abiertas para siempre; que algunos recuerdos seguirán doliendo, aunque hayan pasado décadas. Sufrimos menos cuando dejamos de exigirle claridad absoluta al mundo, porque después de todo, la existencia no tiene la obligación de explicarse.
Y, aun así, pese al cansancio, pese al absurdo, pese a las noches interminables donde la conciencia parece demasiado pesada, seguimos esperando algo. No necesariamente grandes acontecimientos. A cierta edad uno deja de creer en transformaciones espectaculares. Lo que esperamos es más simple: un poco de calma, alguien que permanezca, una mañana menos difícil que la anterior.
Quizá la madurez consista justamente en eso. En comprender que la vida no será resuelta. Que nunca alcanzaremos una versión definitiva de nosotros mismos. Siempre habrá miedo, nostalgia, contradicción. Pero también habrá amaneceres, habrá café con quienes más amamos, habrá canciones nuevas que escuchar, habrá personas capaces de mirarnos con ternura, incluso, cuando ni nosotros mismos sepamos cómo sostenernos.
Con cariño, Orillas del pensamiento.