He pensado muchas veces en las artes como en los parientes lejanos que, aunque viven dentro de nuestra historia, dejamos de visitar porque siempre hay una ocupación que nos lo impide. Sin embargo, cuando algo se rompe, terminamos regresando a ellos con la misma desesperación con la que se vuelve a la casa de la infancia. Porque es extraño esto de las artes, podemos fingir que no son necesarias y después descubrimos que son una de las pocas cosas capaces de acompañarnos cuando las palabras comunes ya no alcanzan.
Me pregunto en qué momento empezamos a desconfiar tanto de nuestra capacidad para crear y no hablo del arte monumental ni de las grandes obras destinadas a los museos en la posteridad; hablo de ese impulso de cantar mientras se cocina, dibujar imágenes en el cuaderno, inventar historias antes de dormir, actuar frente a un espejo o bailar cuando nadie mira. Esa forma que toma el arte antes de enfrentarse al juicio y antes del mercado, porque uno no nace pensando que necesita ser extraordinario para expresarse. Los niños no hacen dibujos para exponerlos ni cantan esperando aprobación. Lo hacen porque lo disfrutan, porque se divierten mientras lo practican. Nadie les explica que existen categorías, niveles, talentos o expectativas, solo existe el deseo de hacer algo y el placer inmediato de hacerlo.
Después, alguien ríe demasiado fuerte cuando desafinamos. Alguien que dice que el teatro no sirve. Alguien que pregunta qué utilidad tiene estudiar danza si solo es “bailar”. Alguien que asegura que escribir no da de comer. Alguien que pronuncia esa frase y parece inofensiva, pero tiene tanta potencia que se convierte en sentencia: “Hay personas que sí tienen talento”. Entonces entendemos el mensaje oculto: si tenemos que preguntar si somos buenos, entonces no lo somos. Interpretamos que crear necesita autorización, disfrutar no basta, porque para permanecer en ese territorio primero hay que demostrar algo y es ahí cuando nos alejamos.
No nos vamos de golpe, sería más fácil detectarlo si ocurriera como algo visible, pero sucede de forma silenciosa. Dejamos de cantar frente a otros, dejamos de mostrar textos, de tomar clases, de actuar, comenzamos a decir que no hay tiempo cuando, en realidad, lo que ya no tenemos es “permiso”. Porque una de las despedidas más tristes de la adultez es cuando dejamos de hacer cosas no porque no nos gusten, sino porque sentimos que no somos lo suficientemente buenos para merecer hacerlas. Y qué extraño resulta pensar que algo tan íntimo como crear necesite depender de una especie de aprobación imaginaria que nadie nos pidió.
Qué idea tan cruel, como si el derecho a crear fuera un privilegio reservado solo para unos cuantos. Y tal vez es una de las mentiras más sofisticadas que nos contamos, creer que el arte pertenece únicamente a quienes destacan en él. Como si la música fuera propiedad de los virtuosos y no también de quien canta para atravesar el tráfico. Como si la danza perteneciera a solo quienes dominan el escenario o para un género en específico y no también a quien mueve el cuerpo en la cocina para que el tiempo pase rápido. Como si el teatro fuera exclusivo de quienes conocen de memoria a los clásicos y no también de quien descubre que interpretar otro personaje le permite entender su propia vida. Hemos reducido experiencias humanas a categorías de rendimiento y olvidamos que muchas veces el valor de hacer algo no está en el resultado, sino en lo que ocurre dentro de nosotros mismos mientras lo hacemos.
Subestimamos nuestras capacidades porque confundimos capacidad con excelencia, pensamos que, si no vamos a ser extraordinarios a la primera, entonces no vale la pena empezar. Pero la pregunta rara vez debería ser si seremos memorables, la pregunta es otra: ¿qué parte de nosotros se queda sin existir cuando dejamos de intentarlo? Porque el arte no siempre produce obras, a veces produce personas. Lo que cambia no es el mundo exterior, sino la relación que tenemos con nosotros mismos. A veces una canción no existe para ser escuchada por otros sino para permitirnos atravesar una etapa de nuestra vida y a veces, escribir no cambia la literatura, pero cambia a quien escribe. El éxito y la visibilidad vienen después, cuando entendemos de dónde viene ese deseo de seguir haciendo lo que nos gusta, cuando comprendemos nuestras intenciones al reproducirlas. Con la intención correcta, podemos lograr el éxito y más.
La música nos enseña a escuchar, la danza obliga a reconciliarse con el cuerpo en un mundo donde constantemente nos obliga a corregirlo. El teatro tiene algo de revolucionario: nos recuerda que dentro de una sola persona viven muchas vidas posibles. La literatura, por su parte, hace algo aún más extraño porque nos permite habitar otras existencias para regresar un poco menos solos a la nuestra. Cada una de ustedes abre una puerta distinta pero que nos conducen al mismo lugar, a una versión más amplia de quienes somos. Sin embargo, seguimos tratándolas como adornos, decimos que primero resolveremos la vida y luego volveremos a ustedes. Pero la vida tiene la mala costumbre de nunca terminar de resolverse. Siempre hay trabajo, siempre habrá pendientes, habrá alguien más exitoso, preparado, joven y seguro. Si esperamos a sentirnos completamente listos para crear, para reproducir, moriremos esperando. Porque la sensación de estar preparados casi nunca llega; muchas veces aparece después de empezar, nunca antes.
Quizá por eso admiro tanto a quienes insisten ante todo pronóstico: a la mujer que vuelve a clases de piano a los cincuenta después de cuarenta años creyendo que ya era tarde. Al hombre que vuelve a escribir poesía aunque nadie lo lea. A quien entra a una clase de teatro con miedo de parecer ridículo. A quien compra pinceles sin saber dibujar. A quien se atreve a ser principiante otra vez. Porque es valiente aceptar que quizá nunca seremos los mejores y aun así decidir hacerlo, porque insistir cuando ya no existe la obligación ni la expectativa externa es una forma muy pura de amar lo que nace del corazón, de la pasión. Porque en el fondo, el arte nunca fue una competencia, la convertimos en una. Nos enseñaron a ponerlo en vitrinas, a premiarlo, a jerarquizarlo, a comprarlo, pero el impulso original sigue siendo otro: decir algo que estaba vivo dentro de nosotros, pero necesitaba una forma. Crear para entender, para acompañarse, para descubrir algo que todavía no tenía nombre.
Pienso en la cantidad de personas que viven convencidas de que no son creativas y lo dicen con seguridad, cosas como “yo no sé dibujar”, “yo no sirvo para cantar”, “yo no tengo imaginación”. Y cada vez que escucho eso, me pregunto ¿quién se los dijo? ¿Quién decidió cerrar una puerta que probablemente ni siquiera era suya? Nadie nace odiando su propia voz, eso se aprende, como también podemos aprender lo contrario. Por eso, esta carta no es precisamente para las artes, es para quienes alguna vez dejaron de hacer algo que amaban porque alguien les hizo creer que no eran buenos, para quienes confundieron capacidad con permiso y para quienes siguen esperando una señal externa para empezar. Y esta es la pregunta que quiero dejar hoy sobre estas orillas del pensamiento. No si eres bueno, si alguien te validó, no s el mundo necesita otra canción, otra obra, otro texto, otra coreografía: ¿hace cuanto no haces algo solo porque te hace sentir vivo?
Tal vez no necesitamos demostrar que somos extraordinarios, solo recordar que seguimos siendo capaces y que podemos ser aquellos que triunfen haciendo lo que más amamos.
Con afecto, desde Orillas del pensamiento.