Hay una pregunta que me ronda desde hace algunos días: ¿cuánto de lo que soy o hago hoy, es gracias a otra persona? Como casi todas las preguntas importantes, apareció mientras estaba haciendo algo completamente normal. Creo que estaba caminando por la calle con una amiga de la universidad, y dije una frase que hace mucho no usaba. No recuerdo exactamente cuándo la volví a incorporar a mi vocabulario ni quién me la contagió, pero me pareció evidente que alguien la dejó. Cuando llegué a mi casa, pensé en todas las cosas que hacemos, decimos, pensamos o sentimos y alguna vez aprendimos de otra persona y ahora utilizamos como si fueran nuestras. Qué cosa tan extraña somos los humanos, porque pasamos buena parte de nuestra vida intentando descubrir quienes somos y, al mismo tiempo, estamos hechos de una colección bastante desordenada de personas que alguna vez quisimos, admiramos, envidiamos, sufrimos o simplemente tuvimos la suerte de encontrar.
Antes pensaba que la personalidad era una especie de propiedad privada, una construcción perfectamente original que empezó el día que nacimos y que vamos puliendo con los años. Pensamos que somos dueños de nuestros gustos, nuestras manías, nuestras frases, nuestras pequeñas obsesiones. Pero basta con detenerse un momento para descubrir que casi nada es completamente nuestro. Alguien nos enseñó una canción que se volvió nuestra favorita. Alguien nos llevó al restaurante al que ahora vamos cuando necesitamos sentirnos bien. O alguien nos contó de ese libro que era imprescindible leer y terminamos subrayándolo entero. Incluso algunas formas de querer fueron aprendidas por otros y también, por supuesto, nuestras formas de defendernos. Hay personas que nos enseñaron a abrazar y otras a desconfiar. Hay quienes nos dejaron una manera generosa de ver al mundo y quienes nos obligaron a construir una armadura que después tardamos años en quitarnos.
Por eso las personas no desaparecen exactamente cuando se van, solo se van de nuestras conversaciones y físicamente dejan de existir, pero no necesariamente de nuestra vida. Algunas se quedan de maneras mucho menos evidentes. Nos dejan una canción o, como a mí, una frase que terminamos usando como expresión. Eso me parece una de las cosas más desconcertantes del afecto: no necesitamos conservar a una persona para conservar algo de ella. Incluso podríamos decir que existe una especie de arqueología sentimental de la que hablamos muy poco, una excavación cotidiana en la que vamos encontrando restos de todas las personas que fuimos queriendo: amigos, parejas, familiares que se volvieron lejanos. Lo curioso es que esto no sucede solamente con las personas que amamos o dejamos en el pasado, también nos construyen las personas que nos hicieron daño. Hay heridas que terminan formando parte de nuestra arquitectura emocional, donde uno aprende a detectar determinados silencios, a desconfiar de las promesas vagas, a reconocer momentos en los que una conversación se parece demasiado a una que tuvimos en el pasado. No digo que debamos agradecerle a quienes nos lastimaron, porque hay una tendencia bastante peligrosa a convertir cualquier dolor en una supuesta lección necesaria, como si toda desgracia tuviera que justificarse por el aprendizaje que nos dejó.
Por mucho tiempo pensé que desprenderme de alguien significaba conseguir que dejara de existir dentro de mí, como si sanar consistiera en borrar a toda costa, que ya no debía importarme o ya no pudiera recordarle. Ahora me parece que quizá esa no es la única forma de soltar, tal vez hay personas que no tenemos que borrar, sino recolocar. Ponerlas en otra habitación de la memoria y dejar de sentarlas a la mesa todos los días, pero aceptar que alguna vez vivieron con nosotros y dejaron algo de sí. Porque es imposible pensar que solo podemos estar bien si conseguimos que el pasado deje de afectarnos, porque siempre afecta, la cuestión es si sigue decidiendo por nosotros.
Me gusta pensar que las personas nos entregan algo y nosotros decidimos, consciente o inconscientemente, qué hacemos con ello. Algunas las conservamos porque nos hacen mejores, otras las transformamos o las devolvemos. Pero también creo que hay formas de amor que vale la pena guardar incluso cuando algo termina, gestos de ternura que podemos llevarnos sin llevarnos la historia completa. Quizá esa sea una de las formas más difíciles de la madurez: aprender a separar el recuerdo de la obligación. Y me encanta pensar que hacemos lo mismo en los demás. Que quizá estamos viviendo dentro de personas que ni siquiera nos acordamos. No me refiero a una especie de trascendencia extraordinaria; no creo que todo lo que hacemos tenga que convertirse en legado, sino de algo aun más pequeño. Quizá alguien recuerda una frase que dijimos, quizá una amiga conserva una costumbre que aprendió de nosotros. Tal vez hemos sido importantes para alguien sin haber tenido la menor idea y esa posibilidad me parece hermosa porque significa que nuestra existencia no se limita a lo corporal, sino que dejamos pequeñas huellas en los demás casi siempre sin enterarnos.
Pero hay algo en todo esto que me tranquiliza: que recibir no significa permanecer igual. Podemos recibir una herencia y modificarla. Podemos quedarnos con la sensibilidad y abandonar el miedo, con la curiosidad y abandonar la necesidad de aprobación. Al final, quizá ser nosotros mismos no significa ser completamente originales, sino aprender a editar. Y esto, para quienes escribimos, debería resultarnos familiar: nadie escribe desde cero. Todos escribimos con palabras que existían antes de nosotros. Lo que hacemos es colocarlas de otra manera, agregar pensamiento, creatividad, sentimiento, y con la vida sucede exactamente lo mismo. Así que ya no me preocupa tanto preguntarme cuánto de mí pertenece a las personas que han pasado por mi vida. Probablemente una parte considerable y no creo que sea una tragedia, al contrario, siento que llevo conmigo una pequeña multitud contradictoria y mal organizada. Algunas personas me enseñaron a quedarme y otras a irme; otras me obligaron a quererme cuando ellas dejaron de hacerlo; algunas me dieron palabras o frases que todavía uso y otras me dejaron silencios que aún intento comprender. Pero todo eso forma parte de mi historia, y mi historia, aunque esté hecha de muchas voces, sigue siendo mía.
Al final no se trata de averiguar quiénes somos sin los demás, o si adoptamos demasiado de las personas, sino quiénes decidimos ser después de haberles conocido o después de haber aprendido de ellas. Porque una persona puede dejarnos mil heridas, pero al final decidimos si hacemos de esa herida una casa. Y tal vez desde ese punto de partida empieza nuestra verdadera libertad: no estar hechos de nadie, sino poder elegir qué hacemos con todo aquello de lo estamos hechos o nos dejaron.
Con cariño, Orillas del pensamiento.